Pasear por las empinadas calles de mi pueblo  siempre  ha sido  una labor pesada  y penosa que en muchas  ocasiones quitan el aliento  y el ánimo del caminante. Pero  si ese  andar  se hace de la mano  de los personajes  que  marcaron  la  historia  de Los Realejos, el andar se hace   más  ameno.  Por  una vez , y que sirva  de precedente, realice el camino  de la  historia  y me  reencontré con las piedras  y  sus  secretos.     La  luz del S. XVIII fue  el candil  que iluminó  el recorrido y  que dejó en la penumbra  los  aquelarres  de la ignorancia. Aquel siglo de las luces, inundó  mi ventana   de personajes  y  ambientes nuevos  para mi.         

 

Por  unos días,  las calles  se  llenaron  de ilustrados  historiadores, maestros canteros, científicos,   monjas agustinas,  señores hacendados,  artesanos, agricultores  y pescadores  que  portaron desde el vecino Puerto de la Cruz, la imagen  de la virgen  del Carmen. Por  unos días, las  calles  de  mi  pueblo ocultaron  el  asfalto, el ruido, la edificaciones de cemento y cristal que  el progreso y  tal  vez la anarquía arquitectónica, ( propia  de nuestros  tiempos) ha puesto  en nuestras calles. Las noches  parecían  más  limpias  y sólo  los aquelarres,  los  dioses  y deidades mitológicos  del “Jardín  de las Hespérides” las rompían por momentos.

   

Las  “luces”  que  iluminaron  a toda Europa  se convirtieron  en  mi pueblo en fuegos de  artificio gracias a las  manos artesanas  de los  Hermanos Tostes,  que  grabaron  en el cielo esta  tradición que  aún perdura.

Las  afamadas  carpinterías  que  surcan  hoy  todo el paisaje de este  municipio  siguieron, tal vez, al buen hacer de aquella que el señor  Verau  fundara  en el Realejo de Abajo. Hasta  la  sonrisa  de los escolares  relucían  en aquel siglo  de las luces.

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REALEXO 2008